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El estrecho de Ormuz no se ha cerrado. Se ha convertido en un peaje geopolítico

El estrecho de Ormuz no se ha cerrado. Se ha convertido en un peaje geopolítico

Y no todos pierden igual.

Europa ya ha estado antes en momentos clave de Oriente Medio… y no siempre con acierto.

Basta recordar el regreso del ayatolá Ruhollah Khomeini a Irán en 1979, en un vuelo de Air France, en pleno colapso del régimen del Sha.

No es un detalle menor. Es el reflejo de una constante: presencia sin verdadera estrategia.

Hasta hace apenas unas semanas, el contexto energético global parecía relativamente estable.

Tal y como reflejaba McKinsey & Company en su análisis reciente —“Snapshot of global oil supply and demand: February 2026” (visión general de la oferta y demanda global de petróleo)—:

https://www.mckinsey.com/industries/energy-and-materials/our-insights/blog/snapshot-of-global-oil-supply-and-demand

Oferta ajustada, demanda creciendo, tensiones controladas dentro de un marco previsible.

Un sistema tensionado, sí. Pero todavía gobernado por lógica de mercado.

Pero todo eso ha cambiado.

Desde los bombardeos de Estados Unidos y Israel a finales de marzo, el equilibrio ha saltado por los aires.

En las últimas semanas, la escalada en torno al estrecho de Ormuz ha alterado las reglas del juego.

Y el mercado lo ha entendido antes que el debate público.

En las semanas previas a la escalada, el petróleo ya mostraba movimientos que no respondían a titulares… sino a expectativas.

No es algo nuevo. Como viene señalando el Financial Times en distintos análisis, los mercados energéticos no reaccionan a los eventos geopolíticos… los anticipan.

Porque en este sistema hay actores que no esperan a que ocurra la disrupción. Están estructuralmente posicionados para operar en ella.

La pregunta, por tanto, no es quién lo sabía. Es quién estaba preparado.

Y ahí el impacto vuelve a no ser simétrico.

Estados Unidos parte con ventaja.

Su creciente independencia energética le permite absorber shocks e incluso capitalizarlos. Pero además, su posición le da algo más: capacidad de reorganizar su suministro con rapidez.

Incluso incorporando crudos que hasta hace poco quedaban fuera del mercado.

Es el caso del petróleo de Venezuela.

Durante años, pesado, sancionado y con salida limitada. Hoy, en un contexto de disrupción, se convierte en una opción viable dentro de un sistema que prioriza seguridad de suministro sobre eficiencia.

China queda expuesta. Su dependencia del crudo de la región convierte cualquier disrupción en un riesgo directo para su economía.

Europa, sin embargo, queda en una posición especialmente vulnerable.

Sin recursos propios suficientes. Con alta dependencia exterior. Y, lo más preocupante, sin una estrategia realmente integrada que combine energía, industria y materias primas.

Porque el problema no es depender del petróleo.

Es depender de otros para acceder a él.

Y eso no se resuelve con mercado. Se resuelve con estrategia.

Porque el nuevo riesgo ya no está en el coste. Está en el acceso.

Y eso cambia por completo cómo se diseñan —y cómo se viabilizan— los proyectos industriales en Europa.



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